Comilona Jiménez – Por un par de lechugas

Dic 17, 2021 | Actualidad, Comilona Jiménez, Cultura y Ocio, Opinión

Por Almudena Jiménez

“¡El par de lechugas a sesenta céntimos!” abrió una grieta en la necrosada membrana que me recubría no sé qué día de esta semana. Era uno que hacía bastante frío y yo había salido un poco más tarde de lo habitual del trabajo; la mochila llenita de cantos rodados traídos del fondo de un río, por lo menos, y las ojeras como dos cunas. Últimamente, cada mañana antes de salir de casa, le hago una foto con el móvil a la lista de la compra.

Un por si acaso que siempre va conmigo, como las mascarillas de repuesto, la pastilla por si me duele la cabeza, una navajita -nada serio, soy inofensiva- con un pequeño tenedor y un abrebotellas, por si se da la supervivencia, cascos con distintas conexiones por si hay que cambiar de dispositivo, y otros objetos necesarios para mi garantizar mi tranquilidad.

La velocidad de los días, un horario de oficina, y la comodidad de comprarlo todo en una misma superficie, hacen que me resulte imposible seleccionar el género en la carnicería, por un lado, la frutería por otro, pisar el suelo estampado en piedra del mercado, el olor de la pollería o de los encurtidos. Sinceramente, hablo de ellos como un recuerdo; tengo que buscarlos en mi palacio mental, y me apena porque no se trata solo de darle lo que le corresponde a ese comercio local y pequeño, sino de la experiencia para alguien que disfruta de ella, como es mi caso. “¡Le sale la lechuga a treinta céntimos, señora, que se me acaban!”. Una mujer gruesa, pero fuerte, con el pelo rubio y rizado recogido en un moño bajo agarrado con una gorrita corporativa, voceando el precio del par de lechugas iceberg, y meneando cajas de verduras de un lado a otro en la sección de frutería del supermercado donde compro siempre, me arregló el día. El resto de los clientes la miraban. Las señoras de más edad sonreían, claro. He cogido la costumbre de ir con auriculares, a mi bola, y tener las manos libres para coger los productos si me llama alguien. Al oírla exclamar de esa manera, por respeto, por admiración, por simpatía, me los quité. O por nada hacia ella. Por ser consciente y gozar ese momento.

De repente, -y creo que, de alguna manera, sí sabía que lo hacía- esa vendedora hizo de lo ordinario algo extraordinario. Ninguno de sus compañeros, y ninguna de las otras veces que yo había estado allí, alguien lo había hecho. Volví unos segundos al puesto del mercado, al género a pie de calle. Volaron las lechugas.

Almudena Jiménez
Almudena Jiménez

Periodista. Escribo y hago radio local. Me gusta comer bien, mi familia, y conducir. Todo mejor en 35 mm.

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