Las dificultades humanitarias y el conflicto interno agravan la tragedia tras el sismo de magnitud 7,7
El número de fallecidos por el terremoto de magnitud 7,7 que sacudió Birmania el pasado viernes ha ascendido a más de 2.000 víctimas, según informaron la junta militar y la oposición prodemocrática. Las cifras de heridos superan los 3.900, y las labores de rescate se ven obstaculizadas por el estado de conflicto que vive el país desde el golpe de Estado de 2021.
El portavoz de la junta militar, Zaw Min Tun, confirmó que 2.056 personas han perdido la vida, mientras que el Gobierno de Unidad Nacional (NUG), opositor al régimen, elevó la cifra a 2.418 en su último informe. Fuentes independientes, como el medio Mizzima, calculan hasta 3.000 muertos y denuncian la insuficiencia de la asistencia prestada por el gobierno militar.
Las regiones de Sagaing y Mandalay son las más afectadas, con edificios colapsados y hospitales desbordados. Equipos de rescate de China y Rusia han comenzado las labores de búsqueda, logrando rescatar a algunas personas con vida. Sin embargo, la ayuda humanitaria avanza lentamente debido a la destrucción de carreteras, el cierre de aeropuertos y la persistencia de enfrentamientos armados.
La ONU ha solicitado acceso sin restricciones para entregar ayuda humanitaria y ha instado a un cese de hostilidades para evitar más pérdidas de vidas. A pesar de la tragedia, la junta ha denegado la entrada de prensa extranjera, lo que limita la información sobre la situación real en el terreno. La población, sumida en una crisis económica y social desde el golpe de 2021, enfrenta ahora una catástrofe que agrava su ya frágil situación.
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